La confianza perdida

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Según la encuesta de Latinobarómetro existe una pérdida constante de confianza en las instituciones, y entre las personas. La confianza interpersonal no crece desde hace dos décadas. Sólo el 15% de la población argentina confía en “la mayoría de las personas”. Los medios tradicionales caen en picada; cerca del 90% personas descree de ellos. Nula confianza en el poder judicial , con un escaso 1%, y similar el resto de instituciones ¿La falta de confianza entre nosotros y las instituciones, profundiza los discursos de odio? ¿Quién gana y quién pierde?

Medios y contextos

En los últimos días el discurso de odio utilizado en la televisión hacia determinados públicos y minorías se profundizó. Burdo y ordinario fueron sus colores. No importa el tema, el fin era generar odio. Lo es hoy y lo fue ayer. Polarizar y profundizar la desconfianza es el objetivo mediático de cada noche. ¿Para qué? Es la pregunta que casi estamos obligados hacernos. Tan simple como usar el sistema dos del cerebro, el razonamiento y dejar de usar el sistema uno menos el emocional que es vago y solo es reactivo, tal como lo sugiere el premio nóbel Daniel Kahneman, psicologo, en su libro “Pensar rápido, pensar lento”

A la vez es importante destacar que la confianza es vital para construir cohesión social, y este sí es un buen punto de partida para pensar lento como sugiere Kaheman. Es decir, a mayor desconfianza menos red social. Más individualidad, menos contención social y más soledad. O sea más control del pensamiento. La tele definitivamente utiliza el sistema uno del cerebro; emocional, intuitivo, rápido y fugaz. Nada de razonamiento, solo reacción.

Según el estudio de opinión pública del Latinobarómetro, que se realiza en 18 países y mide actitudes y comportamientos sociales, muestra que Argentina mantiene hace más de dos décadas una bajísima confianza interpersonal. Tanto en el año de mayor quiebre social, año 2001, como el pasado año 2021 el porcentaje es sólo del 15%. El Consultor e Investigador en Comunicación y Política de la Universidad de la Plata, José Eduardo Jorge, lo explica de la siguiente manera, La confianza interpersonal es una variable central de la cultura cívica y política, que tiene una importante influencia sobre el desenvolvimiento político y económico de una sociedad. En Argentina, sólo un 15% de la población afirma confiar en “la mayoría de las personas”; el porcentaje promedio de América Latina es de 16%. Los niveles más elevados de confianza se hallan en los países escandinavos, donde rondan el 60%. La investigación comparada internacional sugiere como causas de la baja confianza;  la desigualdad social, la escasez de asociacionismo cívico y la percepción de que no hay valores compartidos”. Lo trágico del análisis es que se realiza en el contexto del año 2001.  Y si analizamos el contexto de hoy creeria que encontramos las mismas causas.

Veinte años no es nada

En esta semana el discurso de odio se pico como dicen los pibes. Lo mismo sucedía cada noche, por los turbulentos días del año 2001. En aquel entonces un grupo de periodistas, en el programa llamado, “Después de Hora”, liderado por Daniel Hadad, hoy empresario y dueño de medios, ironizaba la tragedia que vivían millones de argentinos que luego se convirtió en el mayor desgarro social y económico. Todo era show, pero también tragedia y negocio para muy poquitos. No se lo conocía como discurso de odio, como hoy. Teníamos que romper todo. Y se rompió. Hubo víctimas. Y a la vez la desconfianza en la televisión y sus personajes trepaba al 91, 5% confirmaba el Latinobarómetro. Igual como el cartelito que nos torturaba con el riesgo país que rugía como metamensaje y que repetíamos sin respirar.

Como todos los años, el mismo monitor de opinión pública, Latinobarómetro, rozando la pospandemia, año 2021, confirma que no cambió mucho la relación de credibilidad de la sociedad y la televisión; la encuesta arroja un 89% de desconfianza. 

Al final, en la vida mediática, todo es ficción.  En la película “No miren arriba”, estrenada en Netflix hace pocos meses, narra las peripecias que padecen dos científicos para que un informativo televisivo y sus respectivas audiencias crean la trágica verdad. La moraleja de la película trae a mi recuerdo el día que una conductora tomó dióxido de cloro al aire en plena pandemia. Tal vez la respuesta a la pregunta inicial de ¿quién gana, quién pierde?, la tenga Don Sandy Parakilas, ex director de operaciones de Facebook, que lo expresa en el documental,” El dilema de la Redes”, con certeza o cinismo sintetiza,  “La verdad es aburrida. La información falsa hace que las empresas ganen más plata.” Sandy Parakilas, ex director de operaciones de Facebook. La verdad puede ser aburrida, pero nunca te estafa.

Por Sara Di Tomaso

7 Comments

  1. Cuánta razón, la vida pasa por un noticiero sin el menor análisis lógico, sino es sesgado por la política o por el rating, por el quién da más.
    Muy buen trabajo señora Di tomaso.

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